CARTA A MI MADRE
- Feb 10
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Soy el resultado de 40 semanas de tu cuerpo trabajando en mí. Cuando nací fueron tus brazos los que me acunaron, fuiste tú quien me enseñó mis primeras palabras, fuiste tú, cuando yo era niña, quien me recogió del piso cuando me caía.
Sin embargo querida madre, mientras yo crecía dejaste de ser mi protección, no porque no querías, simplemente porque ya tenías más hijos en tu vientre, porque tenías dos niñas mayores a quienes criar también y porque vivías un infierno junto a quien fue mi padre.
Cuando te divorciaste de él, sé que tu mundo se derrumbó, le diste todo a ese hombre y nunca supo pagarte con la misma moneda. Tu historia nunca fue de amor, tu historia se escribió con dolor desde tu más tierna infancia. Y fuiste el resultado de una sociedad desproporcionadamente machista y te olvidaron madre mía.
Mientras yo crecía no podías estar con tus hijos, tenías que trabajas 12 horas al día para poder dejarnos un dólar en la mesa. Un dólar para cinco hijos madre? para que comamos las tres comidas del día? No te juzgo, era todo lo que podías darnos y lo hacías con amor. Mientras tanto, mi padre con insultos y malos tratos, nos obsequiaba otro dólar para que podamos comer, mientras él, comía lo que quisiera, porque no tenía más responsabilidades.
Cuando finalmente obtuve mi título universitario, me fui de la "casa de los horrores", así le llamo yo al hogar en que crecí. Estaba tan lleno de dolor, de violencia, de rencor, de abandono y de soledad. Y caí en las manos de mi futuro captor, un hombre idéntico a mi padre en todos los aspectos. Pero esa es otra historia.
La depresión te fue consumiendo mamá, mientras pasaban los años, veía cómo una nube negra se apoderaba de tu corazón. Era común verte llorar, era común oír cómo aun permitías que te sigan maltratando. Y me convertí o traté de convertirme en tu "salvadora". Madre, yo sé cuánto intenté sacarte una sonrisa, compré tu amor con mi dinero, te di tanto y yo me quedaba con tan poco, y tu amor, no tenía precio fijo, crecía como si tuviera inflación y le sumabas los impuestos.
A medida que yo llegaba a los 30, veía como te hacías más chiquita, enfermabas más, deseabas encontrar un hombre para tu vida, pero nadie dio la talla.
Cuando tenías 52 años, la pandemia por COVID entró a nuestro hogar, y te enfermaste. Nadie está preparado para la muerte sabes? No pensé que te ibas a ir al hospital.
Llegó tu hija la doctora, tu hija la del carácter más feo, y con insultos y amenazas fuimos todos a la capital, ella no supo, como siempre, gestionar sus emociones y nos arrastró a todos con ella.
Cuando te bajaste del carro, en las puertas de la Emergencia, estabas molesta con mi hermano y conmigo, no me despedí madre, no te abracé, no te dije que te iba a esperar en la capital hasta que tu salieras.
Y pasamos una semana ahí, mi hija y yo, esperando por noticias tuyas. Cuando pienso lo sola que debiste sentirte, el miedo que tuviste, se me parte el corazón. No podía estar ahí para ti, no podía tomar tu mano y alentarte madre.
Finalmente la temida llamada llegó, nos dijeron que habías muerto, ese virus se llevó tu humanidad.
Y yo, como siempre, para evitar el dolor, regresé a nuestra ciudad a buscarte un lugar en algún cementerio. No te vi mamá, me cuenta mi hermano que saliste del hospital en una bolsa negra, y tu mano estaba casi fuera y él la tomó, estabas fría mamá.
Me costó mucho tiempo entender, cómo una persona tan amada cabe dentro de una cajita de 40x50 cm2. Pasaba el tiempo explicándome cómo habías terminado así mamá y no haber podido despedirme de ti me llevó a mi también al hospital. Tu ya no estabas y tuve una crisis de ansiedad.
Ahora, cuando te sueño, lo poco que sueño contigo, me haces saber que ya no estás aquí, eres tu o es mi cerebro haciéndome ver que ya partiste y siempre te vas, pero estas veces si me puedo despedir de ti.
Me he despertado llorando por las noches cuando veo que te vuelves a ir y cuando los problemas son tan fuertes aún me acurruco en mi cama e imagino que estas acariciando mi cabeza.
Tu heridas las trajiste contigo antes de que nacieras, eres el resultado de la violencia, del desamor, del machismo de una sociedad en la que naciste. Traías estas heridas cuando nos llevabas en tu vientre y al igual que los alimentos, ese dolor pasaba por tu torrente y se fusionaba en nuestra sangre.
Esta es la historia de mi mamá, pero es la historia de muchas mujeres que han tenido la desgracia de ser abusadas, maltratadas y finalmente olvidadas.
Es menester que las mujeres ahora no formemos más parte de esas estadísticas de dolor, porque necesitamos luchar para ser escuchadas. No volver a permitir el maltrato es la tarea principal de esta sociedad que conformamos todos.


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