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LA COMETA

  • Feb 10
  • 2 min read

Durante los meses de julio y agosto, la fuerza del viento sobre la ciudad, obliga a niños y adultos a caminar hacia las montañas y elevar un juguete milenario llamado cometa. Muchas ocasiones de mi vida realicé este juego con ayuda de mi madre y hermanos, y cuando crecí llevé a mi hija a volar el ave de papel que diseñamos. Sin embargo, sucedía en ocasiones, que la fuerza del viento era extrema y el hilo que sostenía las piezas de papel era arrancado y en un esfuerzo por tratar de alcanzarlas, corríamos desesperadas tras de ellas, pese a que sabíamos que los esfuerzos eran inútiles y veíamos a lo lejos como se alejaba, volaba al firmamento y se perdía ante nuestros ojos.

En mi vida he tenido este mismo sentimiento, volar una cometa era una experiencia maravillosa que me gustaba repetir cada año, y haciendo una analogía con mi vida, enamorarme de un hombre ha sido una experiencia maravillosa también.

Siento hoy, que el amor que le di al hombre que se fue nació del corazón, bajo los mismos impulsos de ver ascender una cometa y maravillarme cuando estaba en el cielo, de la misma manera sentía amor, al ver como una nueva relación nacía, crecía y se alimentaba de sonrisas, caricias, tiempo juntos y mucho mucho amor.

Expresar mis afectos ha sido siempre una debilidad mía, expresar lo que siento por el hombre, manifestarlo a través de regalos, atenciones y caricias es tan parte de mí, como lo es la cuerda que sostiene el papalote. Pero muy a mi pesar, al expresarme de manera genuina mis relaciones se terminan, por ello quería relacionar el vuelo de una cometa con lo que hoy en día siento. Hay tanta fuerza en el viento, que lejos de hacerle bien, rompe su sustento, eleva la cometa más allá de su resistencia, se aleja, se derrumba en un sitio alejado una vez el viento ha cesado y finalmente muere, seguramente sujeta a alguna rama.

No es la primera vez que me sucede, o al menos, así lo siento yo. Cada vez que mi amor llega al punto más alto, la relación se termina y yo vuelvo a ser esa niña que un día corría detrás de su juguete para que no se fuera, para que no la abandone, pero se iba y no regresaba a mirar atrás.

La esperanza y la reflexión final de este post, es que, ya he sufrido por amor hace tiempo, ya me rompí y me volví a armar, lloré amargas noches en mi cama por mucho tiempo, solamente para despertar un día con la dulce sensación de haber superado aquella ruptura. Ahora, la historia se repite, pero hoy en día soy más sabía y amo más, tengo más amor hacia mí misma y más amor a aquel hombre que se va. Desde el amor que tengo para él en mi corazón, le dejo ir y le bendigo, que encuentre su felicidad. Yo sé que con el tiempo, volveré a despertar con aquella dulce sensación de no extrañarle más.

 
 
 

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